Dialogo con María Teresa Garzón sobre las columnas de opinión de Héctor Abad Faciolince y Antonio Caballero


Foto tomada del portal de Daniel García: https://ask.fm/DanielaGarciaC271/best

¿Qué si estamos ante una colonización del lenguaje? Completamente. ¿Qué si a esto se puede responder? Sí. ¿Cómo? Construyendo un mundo que no sea el de la RAE, un mundo de hackers: mujeres que conocen el código y lo intervienen tornándose peligrosas porque, además, llevamos siempre con nosotras un bidón de gasolina y una cerilla y estamos más que enfadadas. María Teresa Garzón

Alí Majúl  director de la Ruta de las Mujeres de la Periferia y director de la Escuela Feminista Antirracista en Cartagena, entrevistó a María Teresa Garzón Martínez. Conversaron sobre la RAE, sobre el lenguaje, neutralidad del lenguaje, el uso plural genérico masculino y otros temas que saltaron en las columnas de opinión mencionadas en el titular del presente dialogo.

María Teresa Garzón es feminista, activista y académica colombiana. Doctora en Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de México. Maestra en Estudios Culturales de la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia. Maestra en Estudios de Género, Mujer y Desarrollo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Investigadora y coordinadora de la Cátedra Mercedes Olivera del Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica CESMECA de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, México. Columnista de La Silla Vacía, editora de la revista Vozal,  y coordinadora del Comando Colibrí Lacandona, escuela de defensa personal para mujeres y otros cuerpos en peligro. Entre su obra se destaca: Sólo las amantes serán inmortales. Ensayos y escritos en Estudios Culturales y Feminismo, publicado por el Cesmeca-Unicach, en 2017, en México.

  1. Hablemos María Teresa, inicialmente de la columna La lengua no tiene la culpa publicada por El Espectador, de Héctor Abad Faciolince el pasado 16 de diciembre de 2017. Entremos en una de las afirmaciones que Abad sostiene, afirma que las lenguas naturales no son machistas ni feministas, no son capitalistas o socialistas, es más, agrega que las lenguas no tienen ideología. Textualmente dice que la gramática no es ideológica en sí misma. ¿Qué se puede decir frente a todas estas afirmaciones?

Henri Meschonnic –teórico del lenguaje, ensayista, traductor y poeta– afirma, para hacer una relación etimológica entre polémica y guerra, que “en el lenguaje siempre es la guerra”. Empiezo citando esta idea pues creo que la insaciable polémica sobre la “neutralidad” del lenguaje, de la gramática, desatada una vez más por el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, en la columna publicada por el periódico El Espectador, el 16 de diciembre de 2017, se enmarca justamente en la afirmación de Meschonnic. Para poder explicar esto es necesario partir de un hecho: no existe nada natural en lo humano; es decir, nada de lo que ha inventado la humanidad esta desprovisto de poder, tampoco nuestras formas de comunicación. En ese sentido, somos pueblos con historia, lo que quiere decir que producimos y somos producidos por relaciones de poder. Y si hablamos de poder hablamos de dominio, resistencia y transformación, pero también de azar. Entonces, el lenguaje, la gramática, las lenguas “indígenas”, las diversas formas de escritura que existen en el mundo nunca están desnudas, sino llenas de significado y de poder. Si en este momento hablamos de la “neutralidad” del lenguaje en lengua castellana –no en inglés, en arameo, en chibcha–es porque somos la herencia de un proceso de colonización que data de 1492.

Ahora bien, se podría decir que la parte “técnica” de la gramática no responde a ninguna ideología. Por ejemplo, que sea necesario unir un “sujeto” de la enunciación con un verbo y un complemento para producir una frase coherente y entendible a las demás personas es parte de la mecánica propia de ciertos idiomas, incluyendo el uso de “masculinos” y “femeninos”. Así, si yo digo: “el carro se dañó”, las personas deben entender que ese artefacto de cuatro ruedas que sirve para transportar no funciona. Y no tiene ningún sentido, porque no es inteligible, afirmar algo como: “la carra se dañó”. Sin embargo, no podemos ignorar en este punto que, como bien lo analiza Ferdinand de Saussure –clásico lingüista–, los elementos de toda cadena gramatical son arbitrarios (que un “carro” se llame “carro” cuando pudo llamarse “mesa” o “teléfono” es arbitrario), pero existe un acuerdo que nos permite entendernos (que la mayoría tenga una imagen similar cuando alguien dice “carro” es un acuerdo). Ese acuerdo de por sí ya implica poder. Por lo tanto, que una frase como: “la carra se dañó” no sea entendible para la mayoría de personas es resultado, una vez más, de historias de poder. Entonces, contrario a lo que piensa Víktor Shkovski –escritor–, la gramática y sus imágenes provienen del poder y no pertenecen a Dios, aunque se insista en lo contrario.

¿Y la guerra? La confrontación que implica la muerte del enemigo también habita estas disputas. Hablar de ello ya nos ubica en un lugar de enunciación que varía, obtiene validez –o no– y nos habilita –o no– en el campo de lucha. Negar que el lenguaje es y tiene poder, cuando además se poseen capitales para ello en tanto escritor, ubica a Héctor Abad en un punto “cero” de observación, como lo llama el filósofo Santiago Castro-Gómez, donde puede observar –decir– con la aspiración de no ser observado –dicho– atribuyéndose un poder soberano: decir la verdad sobre algo. Negar el poder, banalizar en ese sentido la lucha de las mujeres por una existencia digna también discursiva, implica el silenciamiento de esa lucha, de esas voces y, por lo tanto, su “muerte” como sujetas del discurso habilitadas para luchar. Las palabras de Héctor Abad, para nada inocentes, no se las lleva el viento, sino que abonan a toda una estructura material, simbólica y discursiva de dominación, la re-edifica con fines de perpetuación, pues ese sistema de dominación que algunas de nosotras llamamos: sistema mundo moderno colonial de género, tiene un principio, pero no avistamos un final. Y, hoy, en nuestro país, cuando se supone que estamos construyendo una existencia post-conflicto, donde todas las vidas importan o deberían importar y, una vez más, nos enfrentamos a la desazón de las muertes de líderes sociales, al incumplimiento estatal de lo pactado para la Paz y, al borramiento de las condiciones de posibilidad que nos han construido como lo que somos, las palabras de Héctor Abad aparecen como un mal chiste. No obstante, tal y como dijo Michel Foucault –filósofo–, si las palabras hacen cosas, las nuestras, las palabras hembra, el lenguaje fuera del código, ya realizan su trabajo de hackeo, puesto que hemos robado los medios de producción discursiva para intervenirlos y nos hemos armado para la guerra, tomando el riesgo de perderlo todo, pues en el lenguaje siempre es la guerra. Te estamos observando Héctor Abad.

Posdata a la pregunta 1: En esta respuesta he hecho referencia sólo a escritores, filósofos y lingüistas hombres de manera interesada pues, como un juego también de poder, quiero mostrar –a Héctor Abad en específico– como muchos pensadores hombres han construido herramientas analíticas útiles al feminismo y nuestra propuesta de lenguaje inclusivo. Lo que quiere decir que este debate sobre lenguaje y poder no es un asunto sólo de “faldas”, sino un campo de indagación y lucha política amplio y crítico donde, a veces, el poder desconstruye al poder. Por lo tanto, adscribirse al debate de forma irresponsable, banal, por un minuto de fama, no le hace ningún mérito a nadie que esté ubicado en un lugar de poder y de saber y que es leído como columnista de uno de los periódicos más importantes en Colombia.

  1. Ahora bien sigamos analizando otros puntos, en ese mismo párrafo, el columnista dice que echarle la culpa de la opresión machista, que existe, a la estructura de la lengua, es un error.

Voy a tomar un desvío para hablar de la escritura. En los albores del siglo XVI americano, muchas monjas místicas se preguntaron por el ejercicio de la escritura y si el mismo era acto de dios o del demonio. Aquí la pregunta es: ¿a quién pertenece la escritura? Sin embargo, la discusión más conocida es la que se da con mujeres europeas, escritoras la mayoría, en el siglo XIX, a propósito de las condiciones materiales del acto de escribir cuando se es mujer. La metáfora-realidad del “cuarto propio” hace en este momento su aparición con Virgina Woolf –escritora–. Pero Woolf no sólo se pregunta cómo producir escritura, además denuncia la falta de libros escritos por mujeres –muchos de ellos firmados con seudónimos masculinos– y su nula circulación cuando los mismos existen. No obstante, lo que tiene importante resonancia en este debate es su propuesta de una escritura “andrógina”, ni macho ni hembra. Dicha escritura tiene el poder de romper el mayor enclaustramiento que Woolf concibe, el de los cuerpos. Lo que quiere decir que ya para Woolf es claro, como lo fue para una Sor Juana Inés de la Cruz o una Sor Francisca Josefa del Castillo, que la escritura se relaciona íntimamente con el poder, pues éste es su condición de posibilidad, como lo mostré en la anterior respuesta. Sólo que ahora a ese poder le damos nombre: patriarcado.

Ahora bien, si aceptamos que el poder, como el lenguaje, tiene un efecto performativo, podemos afirmar que, una vez más, el lenguaje crea la realidad y no al revés. Y si esto es así, entonces qué palabra crea el patriarcado como un sistema de dominación y muerte o, en palabras de Simone de Beauvoir –filósofa–, qué palabra se eligió y cómo fue elegida para construir un mundo discursivo, simbólico y de sentido fundamentado en el sexo que mata y no en el que da vida. La lectura del Génesis nos puede dar una respuesta. Pero la cuestión es mucho más complicada. Pensadoras como María Lugones, Oyèronké Oyěwùmí, Julieta Paredes han puesto sobre la mesa de debate que en contextos pre-inclusión colonial no existía un orden patriarcal, o no como lo conocemos en este momento, y que por ende las mujeres, como una categoría de opresión, tampoco existían y menos en el lenguaje. Si esto es así, entonces no cabe duda de que estamos ante un poder que es a la vez patriarcal y colonial y, claro, muchas cosas más. A esto se debe sumar la “traducción” e “interpretación” de textos antiguos. Aura Cumes, por ejemplo, da cuenta de cómo lo narrado por el Popol Vuh, libro sagrado maya, es diferente cuando se interpreta bajo la lente imperial que cuando se hace desde los sentidos de mundo maya. Desde esta segunda lectura, que es la que formula Cumes, las mujeres del pueblo k’iche’ ocupan un lugar de poder distinto al que usualmente se les atribuye tanto en el pasado como en el presente.

Aquí, una cosa más. Chimamanda Adichie –escritora– habla del “peligro de una sólo historia” para hacer referencia a la hegemonía de historias, narraciones y estereotipos que tienden a construir una sola versión del mundo como si ésta fuera la única posible, puesto que: “El poder es la capacidad no sólo de contar la historia del otro, sino de hacer que esa sea la historia definitiva”. La historia que sueña con un lenguaje único, de gramática neutra, impecable y perfecta y de la corrección de la tercera persona del singular masculino, en un país de poetas y novelistas, cuyos sistemas de apoyo a la producción de conocimiento desmeritan el arte y las humanidades, es una historia única, la cual despoja de la palabra a muchísimas personas y despoja a la palabra de su ser vanguardia, creatividad, quimera. “Tal vez si dejamos de escribir en lenguas, dejar de escribir con la mano zurda”, como afirma Gloria Anzaldúa –poeta–, nuestros lenguajes de “locas” puedan ser audibles, pero ¿para quién?

Así, las cosas, las mujeres y feministas no podemos por ninguna razón aceptar que el patriarcado, como todo sistema de poder, no tiene una estructura discursiva, ya que de otra forma no podría operar. Y esa estructura, por supuesto, se encuentra en el lenguaje, habita allí. Como terrible comprobación, los debates referidos arriba apuntan a que el patriarcado además de tener técnicas o dispositivos de poder materiales –el acto del feminicidio–, también los tiene discursivos –“ella se buscó su muerte”–. El error aquí es el de quien piensa lo contrario; es decir, pensar que la estructura de la lengua se encuentra limpia de machismo. ¿Escuchaste Héctor Abad? Entonces, usurpar los medios de producción, hacer nuestro el lenguaje, transformar la gramática, derruirla, es un acto obligado de sobrevivencia al cual no vamos a renunciar, sin importar el grito del censor, ni las patrañas del público –en masculino. La escritura, la palabra y la alquimia, todas sinónimos, son nuestras.

  1. Por otra parte, entremos en contexto, qué es la lengua y qué viene haciendo la RAE en todo esto. ¿Por qué nos seguimos ateniendo a la RAE?, ¿no es esto una colonialidad del lenguaje?, ¿cómo podría ser una descolonización del lenguaje?

En efecto, la RAE es una institución que regula los usos de la lengua y los normatiza. En este sentido, se supone que la RAE observa cómo se desenvuelve el castellano en la vida ordinaria de las personas y cuál es el uso que se le da y, sobre esa base, dispone medidas de aceptación o no dentro de lo formal. Por ejemplo, la decisión sobre si seguir usando la letra “h” en la escritura, en tanto la misma es sorda en castellano, no tiene ningún sonido por lo que su uso sólo se remite al mundo escrito, es competencia de la RAE. Y si el lenguaje construye mundos, entonces nuestro mundo es competencia de la RAE. El ejemplo más común, pero más diciente, busquemos la definición de mujer y hombre en el diccionario a ver qué se nos informa. ¿Qué si estamos ante una colonización del lenguaje? Completamente. ¿Qué si a esto se puede responder? Sí. ¿Cómo? Construyendo un mundo que no sea el de la RAE, un mundo de hackers: mujeres que conocen el código y lo intervienen tornándose peligrosas porque, además, llevamos siempre con nosotras un bidón de gasolina y una cerilla y estamos más que enfadadas.

Posdata a la pregunta 3: Al respecto invito a leer mi ensayo: “En el mundo de las hackers. Discurso, mujeres y los trazos de la mano zurda”, publicado en el libro: Nación y estudios culturales, coordinado por María Carmen de la Peza y Marío Rufer. Disponible en: mariateresagarzonmartinez.academia.edu

  1. Otro punto importante hablar y cuestionar en la columna es el uso genérico del plural masculino, históricamente los machos nos han vendido con el cuento que es para referirse y nombrar a hombres y mujeres por igual.

A propósito, una anécdota. Me encontraba reunida con un grupo de autoridades de la universidad donde trabajo, todas éramos mujeres a excepción de mi jefe directo que es un hombre. La convocatoria había sido hecha para defender un posgrado en estudios feministas, el cual es uno de los tres únicos que existen en Latinoamérica y el Caribe. En particular, y no sólo porque soy una de sus creadoras, no dudo de su importancia. La reunión empezó con una de ellas hablando todo en masculino: nosotros, para nuestros estudiantes, etcétera. Cuando me tocó el turno de hablar, empecé diciendo que el feminismo hoy es tan necesario porque aún suceden cosas como esta: un grupo de mujeres hablando de feminismo y de mujeres en masculino. Desde que supe que el lenguaje es plástico y posee poder, decidí hablar en femenino, hablar del “yo y del nosotras”, como forma de habilitarnos en el discurso como sujetas de enunciación y causar cierta molestia. En espacios mixtos, es muy difícil que los hombres acepten ser nombrados en femenino; es decir, incluirse en el “nosotras”. Por lo que es necesario el uso de un lenguaje inclusivo, como estrategia, aunque sea mayor esfuerzo. Una vez terminada mi exposición, medio en serio y medio en broma, mi jefe me dijo que era un acto de discriminación haberlo incluido en un “nosotras” en mi discurso. Esta anécdota expone las dificultades que implica llevar una lucha feminista día tras día, no sólo en el sentido de hacerle entender a las personas que los conocimientos de las mujeres son válidos, relevantes y necesarios; que ser mujer no garantiza posicionamientos feministas –muchas mujeres usufructúan de una lucha de siglos sin tener un compromiso real con la lucha y un conocimiento serio sobre los estudios feministas– y que muchas de nuestras estrategias son de reconocimiento y afirmación y que no se vale banalizar la lucha creyendo que éstas pueden ser marcadas como “discriminación”, “violencia” o “racismo intelectual”. El privilegio que hace del hombre la medida de todas las cosas no se puede perder, ellos no lo pueden perder. Y cuando lo pierden, los hombres conocen el miedo. Ese día, en esa reunión, mi jefe conoció el miedo.

  1. Bueno, sabemos que la lengua es una construcción social y ese mismo, lenguaje crea realidades. Donde los hombres han tenido históricamente y sistémicamente todos los privilegios. ¿Por qué es imposible pensarnos otro tipo de lenguajes más transgresores menos machistas, menos heterosexistas y patriarcales?

Nada es imposible, sólo se debe imaginar y ya lo estamos haciendo.

  1. En cuanto a la columna de Caballero titulada “Acoso”, hay algo que materializa una violencia y por supuesto una pedagogía de la crueldad, es una cultura politizada por machos en hacernos creer que los abusos y violaciones es algo de exageraciones, es la siguiente cita: “pretender que toda propuesta sexual es indecente, que toda insinuación sexual es inaceptable que toda mirada de intención sexual es condenable, que todo piropo de índole sexual es criminal, conduce a la desaparición de las relaciones amorosas, y sí, sexuales entre los varios sexos”. Sugiero analizar discursivamente cada una de estás palabras.

¿Cómo luce un feminicida? Es una de las preguntas que constantemente se formulan cuando hablamos de violencia contra las mujeres, aguardando que la respuesta sea: como un monstruo. Pero, desafortunadamente, un feminicida casi nunca luce como un monstruo, sino como un hombre común: puede trabajar en un banco, ser amable, ir a la iglesia, ser buen vecino, ser divertido, encantador y caballeroso… puede ser aquel joven que, cuando te quedas atrapada en la puerta del Transmilenio, te hala para salvarte la vida, te pregunta si estás bien y te ofrece una silla. A qué me refiero con esto. A un hecho que por lo simple es aterrador: la violencia contra las mujeres parece ser omnipresente porque se ha naturalizado de la manera más perfecta. Hoy, cualquiera puede ser una víctima. Pero hay más. En nuestro país, como en muchos lugares del continente, si eres una mujer con un poder opuesto a lo normativo, al Estado, a los grandes poderes, eres doblemente vulnerable. Y no es exagerado decir que vivimos con el “enemigo”, en el sentido de que nuestro mundo patriarcal habilita a los hombres a matar, por lo que cualquier hombre puede ejercer violencia y quedar inmune. Y la sexualidad es una gran excusa: “yo la quería, pero me fue infiel”.

Ciertamente, la sexualidad no es una simple práctica sexual sino, una vez más con Foucault, un dispositivo de poder. Sí, lo que hacemos o dejamos de hacer con nuestra sexualidad es un ejercicio de poder, no por algo las mujeres activas sexualmente son tildadas de “putas” y sancionadas, mientras que los hombres activos sexualmente son alentados y felicitados. Ahora bien, esto en lo que refiere a la sexualidad heterosexual, la sanción puede ser mayor cuando una mujer es lesbiana. Sobre este tema se ha cortado mucha tela; sin embargo, lo traigo a colación pues tiene que ver con la columna de Antonio Caballero, titulada: “Acoso”, publicada el 16 de diciembre en la Revista Semana. A través de las palabras de Caballero se crea un cuadro donde las mujeres nos alteramos en demasía porque nos tocan una teta o el culo –situación que “seguramente nosotras propiciamos”– y somos “repentinamente quejosas” cuando el autor del “desliz” es un hombre con poder; por ejemplo, el presidente de los Estados Unidos. Dicho cuadro, una vez más, banaliza la problemática unión entre sexualidad y violencia y la ubica en el terreno de la “exageración”. Y no se trata de negar que existen mujeres que se hacen pasar por “víctimas” y “sobrevivientes” para obtener algún tipo de ganancia. Sin embargo, el problema no es ese. El problema es que hemos sido socializadas para aceptar la violencia, en todas sus formas; en guardar silencio, pues es nuestra culpa; en tener vergüenza, pues no lo merecemos y cuando nos hacemos conscientes de que ese toqueteo que tu tío te hizo de niña no era una muestra de amor, sino una violación, y alzamos la voz, se nos tilda de “locas”, “mentirosas”, “malas”, pues el tío ha sido siempre un hombre respetable. ¿Cómo luce un feminicida?

Así las cosas, la sexualidad puede ser un peligro y la denuncia pública puede convertirse en un linchamiento contra la víctima. Entonces, una vez más, el problema no radica en que toda propuesta sexual sea indecente, sino en que existen sujetos habilitados por el patriarcado, entre muchos otros sistemas de poder, que pueden hacer cualquier tipo de propuesta sexual, incluyendo la violación, con total libertad, sin temer castigo y, muchas veces, apoyados explícitamente por el Estado como en el caso de las violaciones “correctivas” en Sudáfrica. A propósito, vale la pena conocer el video: “Acoso callejero: del piropo a la violación”, en Youtube, de la argentina Aixa Rizo, donde narra su experiencia dando cuenta de todo lo dicho aquí. Llegadas a este punto, me parece inútil discutir si “toda mirada de índole sexual es condenable, que todo piropo de índole sexual es criminal”, como pregunta Caballero, pues como sobreviviente he aprendido –y es lo que enseño como instructora de defensa personal– que es mejor “pasar vergüenza” a ser agredida. Así, si en una mirada de índole sexual presiento peligro, intuyo maldad, reacciono, sin importar si con ello acabo con las relaciones amorosas –que es algo que ya estamos haciendo desde el feminismo– y sexuales entre los varios sexos, lo que en últimas parece ser la preocupación de Caballero.

  1. Venga, yo siempre he sentido que desde los medios hay un legitimad, hegemonías, líneas fuertes de poder para que el machismo defina qué es abuso sexual y qué no es abuso. Ellos son responsables categóricamente de todo esto, estos manes siempre se enuncian desde medios de poder en el país y desde luego, crean unas geografías de realidades. ¿Cuál deberían ser los aporte y resistencias de los medios de comunicación frente a un panorama machista, sexista, lesbofobicos y transfobicos?

No creo que la resistencia se encuentre en los medios de comunicación, sino en los usos y mediaciones que se hagan de sus mensajes, como bien lo explicó don Jesús Martín-Barbero –comunicólogo–, y en el robo de los medios de producción. No sé si la apuesta mayor sea por la creación de medios de comunicación autónomos, como los que ya existen en nuestro continente. Yo hablo desde mi adicción a las telenovelas –en mi niñez– y a las series –en mi adultez–. Por ejemplo, ahora pienso en Netflix y sigo con atención varias de sus series; en especial, aquellas que tienen como protagonistas mujeres policías o asesinas. Recientemente, encontré una serie francesa titulada: “La Mantis”, del canal TF1, que narra la vida presente de Jeanne Dever, una asesina en serie que ha pasado 25 años en la cárcel y vuelve a renacer cuando un imitador entra en escena. El diario La Vanguardia ha calificado a Jeanne como una discípula de Hannibal Lecter o, mejor, su resurrección y augura futuro para la serie ya que thrillers de psicópatas tienen atractivo comercial. Pero Jeanne no es una sicópata, aunque la oficialidad de un diario la quiera patologizar-normalizar como tal. Si nos movemos de ese lugar, Jeanne es una mujer que hace justicia. Esa es la resistencia de la mediación: cuando podemos entrar a otros mundos sabemos que no estamos solas.

  1. ¿Por qué siempre se quiere aludir al victimismo de las victimas desde ese otrx que no encarna la violencia?

No sé si comprendo la pregunta. Si se trata de por qué se habla por la víctima acallando la voz de la víctima, la respuesta la tiene, de nuevo, Chimamanda Adichie, en: “El peligro de una sola historia”, cuando haciendo alusión al poeta palestino Mourid Barghouti dice: “si se pretende despojar a un pueblo, la forma más simple es contar su historia y comenzar con en segundo lugar”. Si vas a despojar a una víctima de su voz y propia representación –lo que significa usurpar su voz y su lugar enunciativo– debes iniciar la historia de su violencia ubicándola a ella en un segundo lugar: “él estaba tomado y no sabía lo que hacía. Y ella, por qué a esas horas y en la calle”. De nuevo, es el poder del lenguaje, de la gramática. En este punto, Héctor Abad y Caballero son cómplices, colegas, machos.

  1. Otra perla, que sale precisamente de la última columna de caballero, que es la respuesta a esa que se llamó “Acoso”, es “Acoso 2” y vale la pena leer su análisis dice lo siguiente: “Con esto no quiero decir que el machismo sea un progreso con respecto al feminismo, ni que el uno o el otro sea bueno y el otro malo, o viceversa, sino que existen los dos: el machismo es, como el feminismo, una manera de ser. Hay mujeres machistas, como hay hombres feministas. Y creo que el feminismo y el machismo no están condenados a enfrentarse, sino que pueden pacíficamente coexistir”.

El feminismo no es una manera de ser. Es una lucha histórica, digna, llena de contradicciones, de muchas mujeres que se saben sujetas de la historia y actúan en consecuencia. Para mí, el feminismo fue esa voz que me dijo que yo valía y que yo podía; ese movimiento político que me dijo que yo podía elegir mi vida; ese compendio teórico que me dijo que yo también podía escribir; ese tatami, lleno de sangre, sudor y lágrimas, que me enseñó a pelear, a no tener miedo, a ser colibrí y me hizo saber que el miedo va a cambiar de bando.

  1. Por último, una reflexión para todas las lectoras.

¿Cómo sabes quién eres si nunca has peleado?

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