Los libros buenos que salvan a los niños malos


Cuento Lucas insignares Lobo canal culturaAprendemos a ser soñadores de profesión. ¿Y para qué sirve ser soñadores profesionales?

Por Lucas Insignares* para Canal Cultura

De niño robaba cosas, no recuerdo motivaciones fervorosas para hacerlo, aunque de seguro sí comencé a hacer robusto mi baúl de los secretos, tomaba las cosas de los bolsos, de los bolsillos, de las mesitas de noche, de los recovecos disimulados, de los baúles secretos de otros. Luego iba y las enterraba en el jardín o en el patio posterior de la casa, tenía que deslizarme con astucia por entre las distracciones, el sueño, las conversaciones, y esa sensación de temor a ser descubierto, de revelar los secretos de los otros, de tomar sus objetos deseados, a la vez que motivación, sí la recuerdo bien.

Mi recuerdo más viejo de un libro que mi mamá me leyera es “El principito”, estaba muy pequeño, no más de cinco años y de seguro andaba todavía en el jardín. Lo recuerdo mucho porque me impresionó sobremanera no los viajes interestelares, ni tampoco que hablara con flores o con animales, sino que abandonara a uno de ellos luego de hacerse su amigo. Desde ahí me gustan mucho los zorros, que a esa edad creía que eran una raza de perros, y mi posterior persistencia en la relectura del libro a tantas edades tan distintas, era y lo sigo creyendo todavía, para llegar al capítulo 21. No por el irritante del principito, a quien sí, con el tiempo y con paciencia fui perdonando y tomándole cariño. Era por mi zorro.

A mí se me da fácil olvidar las cosas que me han causado dolor o maluquera, así es como sigo comiendo dulces de la forma en que lo hago y no recuerdo con precisión las circunstancias que rodearon los hechos cuando una parte de mi familia (desde el divorcio de mis papás se dividió), supo que yo robaba cosas y las enterraba en el jardín. Ellos, los godos, me dijeron que se me había metido el diablo, que me iría al infierno luego de salir de la penitenciaría (ellos no sabían que de grande frecuentaría Theatron). No les quiero contar lo que ocurrió cuando hallaron documentación pornográfica y menos, cuando supieron de mi proclividad a los muchachos y no a las muchachas. Lo que sí les quiero decir es que, durante un par de años, cuando se tiene menos de 10 son una eternidad, me sentí de verdad malo, poseído por el diablo hasta que me llegó un libro muy especial, mi mamá por fin encontró un libro sobre un zorro: The Fantastic Mr. Fox.

Durante la misma eternidad luego de que mi mamá me leyera El principito, pedía libros de animales para encontrar zorros, y luego de dinosaurios para consolarme cuando no los encontraba. Ocurrieron dos cosas cuando leí el Fantástico Señor Zorro, descubrí que un personaje así de fascinante también había sido ladrón, todos los zorros vienen con esa astucia, y me liberé de aquél yugo demoníaco determinado por la extrema religiosa de mi familia. También me convertí en devoto lector de Roald Dahl, el autor del libro, cuando descubrí que en efecto yo era un niño malo, y que había otros niños como yo, que malo no es en el mejor de los casos un juicio causado por la reflexión concienzuda, sino una etiqueta y un arma que los adultos usan y les enseñan a otros niños para aminorar, para diezmar, para suprimir la incomodidad causada por la peculiaridad del otro.

Con Dahl leí que también hay abuelas que son brujas, papás que son buenos papás, niños raros considerados malos por inusuales. Y aquello no estaba mal era solo una posibilidad. La condición humana abierta en flor, propuesta con gracia y honestidad, una tranquila forma a la que muchos niños no tienen la oportunidad de acceder por papás que no los aproximan a los libros y porque ni siquiera ellos mismos se encuentran próximos, quedan a merced del sistema las mentes blandas, timadas por arquetipos insulsos, dispuestos en cada pequeño ápice de la existencia, ajenos a la honesta complejidad de estar vivos y ser hombres, mujeres o lo que sea que seamos o queramos ser. Si tantos papás y adultos supieran lo que ocurre en la cabeza, cuando dispuesto el texto, lo leemos, lo decodificamos y le hallamos un sentido próximo a lo íntimo, o lo traducimos en lo propio y le damos un sentido a lo del otro, recreando en imágenes los signos conjugados, aprendiendo con magisterio a construir y diseñar, a poner rostros, paisajes, sonidos, atmósferas, aprendemos a ser soñadores de profesión. ¿Y para qué sirve ser soñadores profesionales? bueno, yo tampoco lo sé, lo cierto es que los libros buenos salvan a los niños malos, porque les enseñan a preguntarse ¿qué significa ser malo? ¡elucubradores de profesión!

*Mi mamá me decía hasta el hastío lo que significaba ser honesto y correcto y la importancia de crecer siendo un hombre de bien sin toda esa cosa religiosa de la otra familia. Yo asentía con la cabeza. No la entendía. Cuando crecí y yo mismo comencé a cuestionarme, a tomar decisiones genuinamente propias, en ese momento comprendí cosas que antes no. No era necesario el discurso, lo eran las herramientas para elaborarlo: gracias mamá por mis bellos libros.

*Librero especializado en obras para niños y jóvenes. Dirige Mr. Fox, un proyecto y librería especializado en libro álbum. En Canal Cultura recomendamos visitar y compartir: http://www.librosmrfox.com/

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