MUHAMMAD ALI: El baile es colectivo, los Knockouts sin remordimientos.



Foto Nota. Ali.

Estaba disputando políticamente otras narrativas, otros imaginarios, otras estéticas, otros lenguajes

Por Fabián Villegas para Canal Cultura.

Siempre me han parecido vitales y de una dignidad profunda los atrevimientos coléricos que tiene cualquier figura pública para abrir esa boca y ponerse responsablemente a la altura de cualquier coyuntura política independientemente de que esta sea o no su campo de acción.

Bien dicen las teóricas de Calcuta que la lucha también es una lucha por el habla, es una lucha por mantener siempre nuestra habla en voz alta. Dado que una condición de la opresión y el colonialismo es el silencio, el habla en voz alta es una subversión de toda práctica de opresión y colonialismo.

El pasado viernes 3 de junio murió Muhammad Ali por complicaciones respiratorias en un hospital de Phoenix, Arizona por muchísimas razones que trascienden al deporte, el deportista más relevante de todos los tiempos.

Hay quienes piensan que anclar la figura de Ali a la categoría de boxeador y deportista es sencillamente no entender ni un poco la complejidad de Ali, y estoy totalmente de acuerdo.

Ali identificó con muchísima estrategia la capacidad que tenía de posicionar múltiples agendas y disputas políticas en el discurso público a través de su visibilidad y su exposición como campeón mundial de boxeo.

Ali no nació en los albores de la hipocresía de las democracias liberales y las narrativas “post raciales”, Ali nació en los 40s en Louisville Kentucky, y como todo afroamericano en ese periodo fue sistemáticamente racializado por las estructuras históricas del “White Suprematism” en los Estados Unidos.

Para ese periodo la narrativa racista sobre la participación de la población negra en el deporte había cambiado, no por eso dejaba de ser racista, era igual de racista, pero ahora invertía la relación contractual de ciudadanía, era precisamente el deporte una relación contractual de ciudadanía de la población negra en los Estados Unidos, el espacio dentro de la división del trabajo, donde más se esencializaba la categoría de raza como determinismo natural, pero también de los pocos espacios donde como negro podías existir socialmente en el imaginario público, la victoria pírrica contra las tropelías y vejaciones, los 40 acres y una mula, la reparación simbólica, la amnesia inducida, la reivindicación comunitaria y la medicina para la melancolía.

Ali era totalmente consciente de eso, el performance dentro y fuera del ring no era accidental, esto no era una pelea de mandingos en las haciendas azucareras para el divertimento de terratenientes blancos, esto era boxeo, y siendo boxeo tanto los espectadores como el dueño del espectáculo tenían que aguantar todo el performance por incómodo que les resultase.

Nunca había sido tan incómodo para el espectador promedio de los Estados Unidos hasta que decidió convertirse al Islam en el 64, poco después de haberle ganado a Sonny Liston.

En ese momento la relación entre el Islam y el movimiento negro post derechos civiles era casi endógena. El movimiento de la Nación del Islam en ese entonces liderado por Elijah Muhammad y protagonizado por Malcolm X estaba haciendo un trabajo integral de incidencia comunitaria, formación política y espiritual de la población negra principalmente en el norte del país, que iba de barrios a centros de trabajo, de iglesias a centros penitenciarios.

Nota, foto ALI. 2

La cercanía en un primer momento con Malcolm, el acercamiento con Cuba a través de Teófilo Stevenson, la emblemática decisión de declararse objetor de conciencia y rechazar frontalmente su incorporación en el ejército estadounidense para la ocupación imperial de Vietnam, entre muchísimas declaraciones más, le crearon antipatía y hostilidad con muchísimos sectores de los Estados Unidos.

Ali ya no era más el boxeador simpático de las Olimpiadas de Roma del 60, con un narcisismo delirante al que no se le podía tomar en serio fuera del ring, el ritual ya no era un ritual, ni el performance un teatro de narcisismo delirante, sino la representación de un hombre racializado nuevo, que estaba disputando políticamente otras narrativas, otros imaginarios, otras estéticas, otros lenguajes, pero que sobre todo estaba totalmente consciente que su exposición e hiper visibilidad le estaba permitiendo poner en el debate público, en el programa televisivo de la noche, en la mesa de la conversación de la cena, la agenda racial.

Ali nunca se calló la boca ni dentro ni fuera del ring, habló en voz alta igual en su arresto por evasión del servicio militar, que cuando lo despojaron de su título mundial, igual que cuando le suspendieron su licencia de boxeo por 4 años por la misma razón, que cuando viajó por todo el país haciendo activismo en contra de la guerra, igual que cuando públicamente declaró que de lo único que se arrepentía en la vida era de haberle dado la espalda a Malcolm X, que cuando en Zaire  habló de la monumental historia racista que le habían contado a todos los negros del mundo acerca de África, de que en África nos había más allá de leones y elefantes.

Lo mismo se burlaba de George Foreman en Zaire y su decisión de desfilar con dos perros pastores alemanes que eran de las representaciones simbólicas más violentas del abuso y el oprobio del proceso colonial, que igual iba por Egipto explicándole en voz alta a Imanes del Cairo la dignidad de su nuevo nombre.

Como me llamo, Mohammed Ali, Como me llamo, Mohammed Ali. Como me llamo, Mohammed Ali.

Muhammad Ali Knocks Out Liston

Independientemente de la neutralización y la pasteurización a la que sujetarán las industrias culturales la figura de Ali de aquí en adelante, Ali es histórico, necesario, imprescindible, y la representación más combativa de una figura pública, hablando en voz alta de un nuevo diálogo civilizatorio.

Por años he desconfiado de la naturalidad del Alzhéimer de Ali, así como el que haya sido provocado indirectamente por la utilización indiscriminada del “rope a dope”, pero esa es otra historia.

Me quedo con el comentario de Ron Lyle, de hace al menos 8 años, “No había forma de no querer a Ali, Ali te hacía sentir cómodo, te hacía sentir seguro, pero sobre todo te hacía sentir amor por ti mismo.”

En este mes de Ramadán que la paz esté contigo hermano.

Jazak Allah Khair.

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