Fabián Villegas: una entrevista “En Blanco y Prieto”


Foto: cortesía Fabian Villegas
Foto: Cortesía Fabián Villegas.

En días pasados el periodista Alí Majúl en colaboración con Rafael Bossio abordaron desde Colombia a uno de los intelectuales más influyentes en este momento en Latinoamérica, él es Fabián Villegas. Artista, Educador Popular, Historiador, Columnista del portal Facción Latina, autor del libro En Blanco y Prieto, itinerario geopolítico de la decolonialidad y cofundador del proyecto Algarabía.

En esa misma línea, sus intereses académicos radican en temas como la identidad, género, racialización, decolonialidad, racismo, entre otros. En esta entrevista saltaron a la vista el estado actual del periodista en Latinoamérica, acuerdos de paz en Colombia y cómo el miedo se ha epidermizado en nuestras naciones.

En su libro En Blanco y Prieto que aborda temas como género e identidad ¿por qué usted dice que todo se confunde con todo? En esa misma línea, usted habla de una confusión entre el racismo y las relaciones de colonialidad con celebraciones armoniosas de identidad.

Sí, ese párrafo es un fragmento del primer cuento del libro, llamado El aire acondicionado, uno de los ejes narrativos de ese cuento era precisamente la articulación entre los procesos de racialización global, la industria contemporánea del trabajo inmaterial, afectivo, sexual y las relaciones y representaciones de colonialidad que se juegan entre esos dos procesos. La historia central del cuento se desarrolla en República Dominicana, es a partir de esa historia particular desde donde traté de hacer un abordaje más profundo sobre la estructura del trabajo sexual en República Dominicana, el Caribe y su relación transversal con la colonialidad y el racismo. La industria del trabajo sexual en muchos países caribeños es transversal no solo al mercado laboral, sino inclusive a la cultura y a muchas construcciones de ciudadanía.

Es una industria que dinamiza economías regionales, y en muchos sentidos es conceptualmente la médula espinal de la industria del turismo y la economía de servicios. Uno de los objetivos era fundamentalmente poner de relieve, y visibilizar el rol que juegan las representaciones e imaginarios coloniales, las relaciones contractuales de colonialismo económico y los procesos objetivos de racialización, en la industria del trabajo sexual. Usualmente muchos de los esfuerzos analíticos para abordar el trabajo sexual, lo abordan desde la perspectiva de género, clase, e incluso hasta desde la estúpida perspectiva de la moral. Sin embargo, en muchas ocasiones los marcadores raciales y los correlatos históricos de colonialidad y geopolítica quedan totalmente fuera del análisis. La narrativa de hombres blancos de Occidente y mujeres blancas de Occidente vacacionando en República Dominicana, Zanzíbar, Bahamas, Filipinas, Tailandia, Cuba o Jamaica en busca de cualquier tipo de aventura emocional o sexual con el cuerpo prieto, no está al margen de los imaginarios coloniales y las representaciones raciales. No solo no está al margen, sino por el contrario, es la sustancia misma de la aventura y la economía del deseo.

Usted habla de una división del trabajo que está racializada y geográficamente diferenciada, ¿es sólo una mirada local o es una realidad en Latinoamérica?

Es una realidad global, tenemos dos caras de un mismo metarrelato, la perspectiva racista de reducir el racismo única y exclusivamente al horizonte del discrimen. Y la perspectiva analítica de la izquierda del siglo XX de reducir y enmascarar los problemas coloniales y desigualdades raciales en el concepto ultra reduccionista de clase. Como si el racismo no formara parte de un correlato histórico estructural, sistémico e institucional. Qué quiero decir con esto, el racismo es un principio organizador de la economía política, las relaciones de producción, la división del trabajo, las relaciones contractuales de ciudadanía, tienen como genealogía el racismo. En toda Latinoamérica el racismo ha sido estructurador y estructurante, no podemos concebir la consolidación de ningún estado nación en Latinoamérica al margen del racismo, al margen de la estratificación social, de la segmentación étnica y racial del campo laboral, y de las construcciones de ciudadanía. El estado nación en Latinoamérica surgió como un esfuerzo violento de colonialismo interno gestado por las élites criollas de racialización del trabajo y de desracialización como credencial identitaria de ciudadanía. El ideario del estado nación depositó en el concepto de ciudadanía un mecanismo virulentamente violento de desracialización y blanqueamiento. Donde existía un correlato entre blanqueamiento y mestizaje, y otro entre mestizaje y ciudadanía.

Te pongo un ejemplo, en México los ideólogos del mestizaje se empecinaron en hacer de la mexicanidad una identidad racial, borrando, invisibilizando, residualizando todo un mosaico de identidades, culturas y memorias históricas que no se ajustaban al canon criollo del mestizaje. Somos un país de 130 millones de habitantes, al menos existen 60 millones de mexicanos viviendo en pobreza extrema, pobreza nutricional, pregúntame cuál es el marcador étnico y racial de esos 60 millones, la respuesta es clara y contundente, indígenas y minoritariamente afrodescendientes. Digámoslo así, para los ideólogos de la mexicanidad fue una estrategia política enmascarar las enormes desigualdades sociales bajo la narrativa de clase, y no poner de relieve los enormes correlatos de colonialismo interno y desigualdad racial.

¿Por qué no es importante hablar de glamurizar y estetizar el cuerpo y la experiencia del oprimido? ¿Cree usted que se esconde algo de colonialismo interno en ese sentido?

Señalé eso metafóricamente en un texto de Spoken Word, que formó parte del promocional de la presentación del libro, lo señalé refiriéndome al proceso de despolitización, descontextualización que ha sufrido el concepto de lo “decolonial” en múltiples contextos culturales y académicos. Se ha producido una reducción del concepto hacia una complaciente resignificación de lo corporal estrictamente desde el campo estético y simbólico, sin articular esas mismas resignificaciones con las disputas políticas a las que está sujeto el cuerpo en su materialidad histórica y condición social de existencia.

Entiendo y valido este enfoque de lo decolonial desde el campo estético y simbólico, desde la resignificación de procesos identitarios, sistemas simbólicos de representación, desde la disputa de imaginarios. Creo profundamente en el valor que tiene el concepto desde la disputa de imaginarios. Pero entiendo también que el valor del concepto no puede reducirse a eso, digamos que eso oxigena un campo de lucha más no es toda la lucha. Naturalmente también hice referencia a los procesos de apropiación cultural que se dan en ciertos escenarios, con gente protagonizando disputas políticas, culturales, que no les pertenecen, que no forman parte orgánica de su forma de vida y que más sin embargo usurpan la visibilidad y la dignificación de las comunidades o ciertos cuerpos sobre una disputa política determinada.

Para Fabián Villegas, ¿qué es el miedo?

Una circunstancia orgánica que interrumpe el ejercicio de mi libertad. La pregunta está en rastrear las genealogías del miedo a las que históricamente ha estado sujeto cada cuerpo, cada comunidad, cada singularidad histórica. Estoy totalmente consciente que el miedo no es algo contingente, tiene una genealogía, una memoria histórica. Recuerdo una ocasión en Loiza Puerto Rico, a un hombre de cerca de 40 años decir que le tenía un miedo pavoroso a los perros, no sabía por qué, pero que les temía, al escucharlo una doña ya entrada en edad, le contestó que eso era normal, le dijo “quien aquí no le tiene miedo a los perros, todos le tenemos miedo a los perros, unos un miedo mayor, otros un miedo menor, pero todos les tenemos miedo, este es pueblo de cimarrones, quién no le va tener miedo a los perros, es normal que tú les tengas miedo, está en tus genes de esclavo”. Yo soy hipocondríaco, ahí sí que no sé quién pueda darme el mínimo rastro de la genealogía de mi hipocondría!

¿Por qué el terror se ha epidermizado?

Esa frase igualmente formó parte de un poema del libro llamado Necropolítica, que hacía referencia directa a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. La frase cada día ha dejado ser más metafórica y más una realidad que experimenta mucha parte de la población viviendo en México o en países en contextos políticos de violencia, guerra y terrorismo de estado.

El escenario actual político mexicano es verdaderamente de terror, el único contexto en el que muchos países de Latinoamérica lo han experimentado, fue en el contexto de la dictadura, por ejemplo en el caso de Colombia ese nivel de violencia de Estado creo que fue más latente desde finales de los 80s hasta  toda la administración de Uribe.

Sería un error analítico pensar que han sido procesos iguales, pero en definitiva hay muchísimas similitudes, el caso más parecido al mexicano es el caso colombiano. Imbricaciones entre Estado, crimen organizado, paramilitarismo, narcotráfico, corrupción a todos los niveles, desaparecidos, muertos, ejecuciones extra judiciales, falsos positivos, clausura absoluta de libertades democráticas y ejercicios de ciudadanía, desmantelamiento absoluto del sistema de justicia, crisis ampliada de derechos humanos, etc.

No es fácil no epidermizar el terror en medio de la guerra, más cuando tú puedes ser un objeto en esa misma guerra. Bajo la narrativa de la guerra contra el narcotráfico se han enmascarado todo tipo de abusos, violaciones de derechos humanos, crímenes de Estado, persecuciones políticas, criminalizaciones, encarcelamientos desapariciones de muchísima gente, líderes comunitarios, campesinos, estudiantiles, normalistas, periodistas, de organizaciones ambientales, derechos humanos, feministas que nada tenían que ver con el narcotráfico, pero que sí que eran críticas con el Estado. Volvemos a lo central, el responsable de este terror es el Estado.

En la época del terrorismo, ¿cuál es la estética (mediática) del terror?

No sé necesariamente si llamarla estética, pero me queda claro que hay estrategias de comunicación frontales para reproducir el miedo y construir escenarios de terror. Que funcionan como mecanismos de desmovilización, neutralización e intimidación política, durante la administración de Calderón la narrativa de la guerra contra el narcotráfico era fundamentalmente de guerra en su cabal expresión, decapitados, muertos, enfrentamientos, fosas, balaceras, retenes, ocupación del ejército y la marina en espacios públicos fuera de su jurisdicción, despliegues excesivos de la policía federal, granadas, encarcelamientos masivos, todo eso diario en todos los medios del país.

La lectura era clara, bajo escenarios de guerra y excepción, el Estado tenía la potestad de criminalizar lo que fuera y a quien fuera, la presunción de culpabilidad era una forma ampliada de legislación de justicia, es decir, como ciudadano había que andar cargando en todo momento atavíos de inocencia. Lo peligroso es que bajo esa narrativa se podían enmascarar muchísimas cosas políticamente. Cientos de presos políticos, criminalización de la protesta pública, miles de desaparecidos, miles de muertos, muchísimos crímenes e intimidaciones de Estado, metidas y disfrazadas en el cajón del narcotráfico. Con Peña Nieto la estrategia ha sido distinta, se le ha restado protagonismo al narcotráfico, se le ha dado visibilidad de primera plana a un abstracto crimen organizado que opera en todo y a todos los niveles y que puede quitarle la vida a un periodista, una defensora de derechos humanos, un líder indígena, un líder estudiantil, una militante ambientalista etc.

La pregunta es obvia, ¿qué tendría que ver esto con el crimen organizado? Nada, es absolutamente responsabilidad del Estado, son crímenes y violencia de Estado. Esta administración entró violenta en la construcción de andamiajes legales, jurídicos que le permitieron legitimar todo tipo de violaciones de derechos humanos, y prácticas deshumanizantes en el sistema de justicia. Ninguna otra administración había invertido tanto en seguridad e inteligencia, imagínense ustedes que el primer asesor, de todos los asesores del gabinete de Peña Nieto, fue Óscar Naranjo Trujillo. La lección es clara, después de una investigación y un trabajo de inteligencia el Estado puede fabricarte una historia como narco menudista, asaltante, o víctima de un asalto, secuestro o ejecución por crimen pasional, es simple, la figura retórica del mal ya no está solo encarnada por el narcotráfico, ahora el mal es el crimen organizado en abstracto. Fascismo social en su plenitud, cuídate, porque como militante todo te puede pasar, ya no hay una lógica de equilibrio entre causa y consecuencia. Te detiene una patrulla afuera de tu trabajo porque no traías el cinturón de seguridad y 4 horas después estás en un Ministerio acusado de crimen organizado. Es delirante.

Colombia y México no son ajenos a la represión, monopolitización, silenciamiento y regulación del Estado a la prensa y qué decir, de los asesinatos de periodistas en ambas naciones. En el 2015 la Fundación para la Libertad de Prensa en Colombia informó que sólo hubo dos asesinatos y 59 amenazas, en lo que va del 2016 se reportan 11 amenazas. Mientras que en México no tenemos una cifra exacta de amenazas y muertes a periodistas, pero sabemos que estas últimas semanas han sido difíciles. De este modo, ¿cuál es papel que debe jugar hoy día la prensa, el Estado y el periodista en Latinoamérica? 

El ejercicio del periodismo digno y con compromiso social en México, no es un oficio noble, ni mucho menos está caracterizado por la seguridad. Por el contrario, México en materia de seguridad para periodistas está posicionado en el segundo lugar más inseguro del mundo para ejercer el periodismo, solo debajo de Siria. Conforme al informe emitido por “Articulo19” en México es agredido un periodista cada 26.7 horas, desde el 2000 se han reportado más de 108 periodistas asesinados y más de 29 desaparecidos. Las estadísticas arrojan que el hostigamiento, represión, criminalización y violencia contra periodistas está en incremento, no ha habido un año más violento que el 2015. Si bien las cifras siempre se instrumentalizan políticamente y se arrojan con ambigüedad, es fundamental señalar que la gran mayoría de las agresiones, intimidaciones y prácticas de silenciamiento hacia periodistas reportadas entre 2014, y 2015, provienen directamente del poder, entiéndase el Estado y no de la delincuencia organizada.

Actualmente el rol que ha jugado el periodismo, los medios libres, independientes, la prensa comunitaria, el mediactivismo ha sido crucial como eje de acompañamiento a procesos organizativos de lucha, movimientos populares, movilizaciones sociales etc. Ese rol como brazo comunicacional le ha permitido visibilizar, denunciar, poner de relieve y en la agenda pública, situaciones, coyunturas, procesos que la media hegemónica se había encargado sistemáticamente de invisibilizar. Muchas de las censuras, intimidaciones y atentados con periodistas y medios son precisamente por la disputa, afrenta narrativa que emprenden sobre la narrativa que construyó la media hegemónica sobre un acontecimiento en concreto.

Te doy un ejemplo emblemático, la noche siguiente de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la narrativa oficial del Estado y sus medios hegemónicos, era en principio que eran 43 personas del crimen organizado y que posiblemente las habían desaparecido como un ajuste de cuentas entre sicarios y delincuencia organizada. A los siguientes días, frente a las contra narrativas y la cobertura de medios independientes, la incansable lucha y organización de los padres, la movilización de organizaciones sociales, el Estado y su prensa se vio en la necesidad de ir cambiando su narrativa, irla matizando.

Fueron moviendo estratégicamente la historia, que sí eran estudiantes pero asociados al crimen organizado, después solamente que eran estudiantes confundidos sicarios y asesinados por el crimen organizado, hasta llegar poco a poco al desmantelamiento de esa narrativa y ese montaje político, para llegar a las conclusiones de que fueron secuestrados por el ejército, la policía municipal, bajo órdenes de la Alcaldía y en complicidad absoluta con el Estado.

O el miserable caso de explotación, abuso y maltrato de más de 7,000 jornaleros agrícolas de San Quintín Baja California que decidieron manifestarse contra la empresa BerryMex por las oprobiosas condiciones laborales, salarios de hambre y  prácticas neo esclavistas a las que están sujetos. Definitivamente si no hubiera sido por la articulación entre el proceso organizativo de lucha de los jornaleros, organizaciones sociales, y medios independientes, el asunto ni siquiera hubiera alcanzado un mínimo de visibilidad en la agenda pública.

El papel del periodismo en la región y en todo el mundo es fundamental, es clave para las conquistas sociales y políticas de los procesos emancipatorios y democráticos del siglo XXI. Actualmente, formo parte de una red de mediactivismo y periodismo independiente en Latinoamérica llamada Facción, yo no había entendido el papel crucial que juega la comunicación hasta ver cómo una red de cientos de personas de Latinoamérica funciona de una forma tan orgánica, creando articulación política, fortalecimiento regional, incidencia, socialización de herramientas, intercambio y complicidad de agendas en torno a la comunicación y el periodismo. Hay muchos retos, pero definitivamente hay horizonte utópico.

Lo vemos que ha estado comprometido con temas como la desaparición forzada, feminicidios, los encarcelados, los 43 de Ayotzinapa y la libertad de prensa, desde esa mirada, ¿cree que en Latinoamérica todavía hace falta una resistencia que resignifique, empodere y dignifique los derechos de poblaciones históricamente discriminadas?

Totalmente, no hace falta solo la resistencia, acotada a su concepción reduccionista del siglo XX, hace falta una heterogeneidad de formas de resistencias inventivas, creativas, tácticas, instrumentales, organizativas, que se articulen colectivamente como un entramado de procesos y estrategias en red capaz de derogar la concepción colonial de “sujeto de representación”, capaz también de movilizar deseo en la misma indignación política. No podemos pensar incidencia, participación y compromiso al margen de la movilización de deseo.

Es necesario cambiar los paradigmas estacionarios y coloniales de la izquierda vieja, y empezar construir los andamiajes de la izquierda del siglo XXI, una izquierda, potencialmente descolonizadora, comunal, anti patriarcal y pedagógica.

Históricamente el proceso revolucionario reprodujo en su propio seno, estructuras de colonialismo interno. Donde el componente indígena, negro, prieto se vio como un motor instrumental para la conquista del proceso revolucionario, mas no como la mente ni el sujeto de ese proceso revolucionario para los sectores criollos, mestizos, blancos, académicos, estudiantiles y urbanos de izquierda.

En ese sentido la exclusiva reivindicación de “los derechos”, puede resultar como una narrativa demasiado asistencialista, paternalista, colonial del derecho y el campo político. No solo se puede reducir al derecho de…, sino a la incansable participación política, la visibilidad, dignificación, re-distribución, los derechos, las relaciones de producción y economía política, representación, y la disputas de imaginario, simbólicas, narrativas, estéticas de las comunidades históricamente oprimidas.

Las industrias cultuales no son ajenas a su análisis, con Kendrick Lamar y Beyonce ha realizado cuestionamientos a la historia racista de los Estados Unidos. Ahora, ¿cómo ve el papel, de Chris Rock en los Óscar 2016? Todo el tiempo realizó chistes que cuestionaban el blanqueamiento, ¿tiene alguna función política, podría hablarse de normalizar el descontento?

Claro que tiene una función ideológica, de simulación, y despolitización sobre un tema tan delicado dentro de la agenda política como lo es el racismo institucional, la democracia y la igualdad racial. Específicamente en una coyuntura marcada por el genocidio civil de la población negra, los procesos sistémicos de encarcelamiento masivo, criminalización, abuso policial y animalización metafórica del “cuerpo negro” en el imaginario público.

El papel de Chris Rock fue no solo indigno y vergonzoso, sino de profunda violencia. El humor como recurso ideológico de despolitización y simulación del debate es uno de los mecanismos más violentos de la ideología hegemónica y dominante. Francamente de todos los “political Statements” sobre raza esa noche no sé cuál fue el más asquerosamente violento. Si el estúpido sketch donde él va a un cine en Compton a entregar Oscares pintados de negro, ridiculizando la “supuesta” ignorancia y vulgaridad de las personas negras entrevistadas, y lo supuesto “ultra ghetto” de sus respuestas, o el momento indigno donde argumenta que entiende que antes en la época de los linchamientos en árboles nadie de la comunidad negra hubiera protestado por mejor director de documental, porque había cosas más importantes porqué protestar, todo esto frente a un público 90% blanco que reía y celebraba cualquier estupidez de alusión humorística.

Instalarse en la narrativa de que el boicot era exclusivamente por la falta de nominaciones y presencia de comunidad negra es no entender toda la cadena de opresiones que hay detrás de ese pequeño sintomita. Eso es solo la punta del iceberg, dentro de una cadena de opresiones de racismo institucional que se da en todo el campo social y político. La blanquitud supremacista de los Oscares es una metáfora del racismo institucional sobre el que opera el funcionamiento orgánico de los Estados Unidos. Es tan racista el 15% de participación de población negra en los Oscares como el 30% de participación de población negra en los Grammys. Como es tan racista el 20% de cuota racial para población negra en algunas universidades, como racista que el 47% de la población carcelaria de los Estados Unidos sea afroamericana.

Como racista el que 1,500.000 afroamericanos han desaparecido de la vida pública, como racistas el 90% de las representaciones de la población negra en la industria del cine, como racista la desigualdad de riqueza, ( ingresos, bienes inmobiliarios, cuentas bancarias) en donde a finales del siglo XX una familia blanca promedio poseía 6 veces más riqueza que una familia negra, a principios del siglo XXI la desigualdad se ha duplicado, una familia blanca promedio posee 12 veces más riqueza que una familia negra.

Regresando a una de las puntas del iceberg, me parece totalmente legítimo cuestionar no solo la mínima participación de las poblaciones de color y racializadas en la industria cinematográfica, sino también las representaciones hiper violentas que históricamente han forjado sobre ellas. Entiéndase por color, comunidades, o poblaciones no blancas (afroamericanos, latinos, africanos, árabes, asiáticos, etc.) Hago esta acotación para clarificar que cuando recurro al concepto de color, no me refiero al concepto racista utilizado para designar a población negra, por la perspectiva racista de considerar racista y peyorativa la acepción de negro.

Al final del día hay muchísimos escenarios donde las democracias liberales disfrazan muy estratégicamente sus relaciones contractuales de desigualdad racial, definitivamente la industria judía, liberal de los Oscares no es el mejor ejemplo. El 90 % de los contenidos, los personajes, las narrativas son totalmente blancas, y están dirigidas a la cultura moral de una ideología totalmente blanca. El problema está en el falso universalismo de las narrativas blancas, y la incapacidad que se tiene para identificar la economía moral, emocional de una narrativa blanca como blanca, y si hacerlo con cualquier otra narrativa. Todo mundo ve en Friends una serie sobre relaciones afectivas, en términos generales, universales, sin marcadores de clase y raza,  pero cuando se trata de una misma serie con la misma narrativa protagonizada por gente de color, el asunto cambia, ya no es una serie sobre relaciones afectivas, es una serie de gente de color, sobre relaciones afectivas, con miles de marcadores de raza y clase aunados, es decir, es un particularismo sobre el que es difícil por razones de colonialismo interno generar identificación universal.

Digámoslo de forma más simple, el colonialismo interno no quiere que su sentido universal del afecto por ejemplo, se contamine con marcadores de raza y clase. Revenant podría ser un ejemplo de eso, una narrativa ultra blanca narrada desde la perspectiva del colonizador, que trata de reivindicar el papel histórico del “White Savoir” por su coraje, tenacidad, desafío pero sobre todo por su compromiso sacrificial con una comunidad de indios nativos, compromiso generado por una relación interracial con una mujer india nativa. De verdad que la narrativa y el correlato histórico me parece súper conflictivo!

En Colombia se habla de Acuerdos de paz, posconflicto, perdón, de víctimas y victimarios, ¿qué piensa de todo eso? 

El escenario colombiano es muy complejo, que exige un esfuerzo analítico serio e interseccional para entender el horizonte temporal y espacial de sus crisis. Tanto del conflicto armado, como de la violencia de Estado, el narcotráfico, los conflictos por territorio y los miles de desplazados. Donde al igual que en México a través de la narrativa del conflicto armado se han enmascarado múltiples ciclos de violencia de Estado, persecuciones políticas y crímenes de Estado, despojo de tierras comunales, desplazamientos masivos, criminalización de la organización comunitaria y la participación política de ciertos sectores, falsos positivos, violaciones de derechos humanos etc.  A 50 años de conflicto y más de 5 intentos fallidos de acuerdos de paz es más que nunca pertinente repensar la instrumentalización política de la paz por parte del Estado.

A quién beneficia esa retórica de la paz, pero sobre todo que desmoviliza políticamente o naturaliza como actos violatorios ajenos al conflicto armado. En Latinoamérica hemos tenido bastantes ejemplos de acuerdos de paz donde se excluyó absolutamente de la negociación a las comunidades históricamente más violentadas por el conflicto armado, Guatemala fue un ejemplo de ese proceso. Es necesario que en la mesa de negociación y el diálogo exista un frente popular amplio de sociedad civil, comunidades indígenas, afrodescendientes, organización comunitaria rural, Estado, representantes de la guerrilla y sector privado. No es posible utilizar la retórica de la paz y el diálogo como simple paliativo, reforzador de estructuras totalmente antidemocráticas. Hay que descolonizar la paz, y eso implica dejar de entenderla como un estadio estacionario y empezar a entenderla como un campo radical de democratización y participación política de todos los sectores en diálogo y construcción de nuevos procesos que den salida a las crisis civilizatorias del siglo XXI.

En Colombia, luego de que el ex presidente Álvaro Uribe, liberara a los paramilitares de sus responsabilidades con la Ley de justicia y paz 975 de 2005 y algunos jefes (genocidas) fueran extraditados para silenciarlos; se construyó bajo el concepto de “Reparación”, se legitimó el despojo: hoy la tierra está en manos de grandes multinacionales y los campesinos e indígenas mueren de hambre. ¿Qué tipo de reparación es esta? Luego de una guerra, ¿cómo se puede hablar de reparación? ¿Los cuerpos se reparan? ¿Hay alguna forma de repararnos del miedo?

Creo en definitiva que hay inconsistencias abismales, no solo en la ley de Justicia y Paz, sino inclusive en la ley de víctimas y restitución de tierras, seguimos viendo un uso estrictamente retórico y paliativo de la paz. Que se instala “hipócritamente” en el horizonte moral de la víctima, pero que al mismo no tiene el mínimo interés de profundizar en la restitución de las tierras. No solo no tiene interés, sino que refuerza violentamente modelos desarrollistas y extractivistas, así como el refuerzo sistemático de desmontar los escasos instrumentos jurídicos de defensa de los territorios indígenas, afros y campesinos en el país. La reparación no puede ser paliativo moral, sino un ajuste estructural de reparación del conflicto, donde el derecho de la tierra, y el empobrecimiento colateral cumple un eje medular en la mesa de diálogo.

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